Comed y bebed, malditos
· jaime noguerol
Source Summary
Llega tarde a nuestro cónclave Ana. ¡Cielo santo, qué mala cara trae! Se sienta y nos mira retadora. Nos espeta: “Hoy vengo tan cabreada que me voy a empujar con vosotros un trago de vodka. Os cuento. Lo he tomado como una traición, nadie me avisó antes. Hoy, en la puerta del quiosco pegado a mi casa, había un cartel escrito torpemente a bolígrafo: ‘Este quiosco cierra para siempre’. Maldita sea. Qué mal me sentó. Allí mi padre me compró las primeras golosinas. Allí su generación alquilaba novelas del Coyote, de Marcial Lafuente Estefanía. Hasta ayer, cada día a las ocho, bajaba, veloz, para comprarle a mi padre un ejemplar de La Región, que leía gozoso mientras desayunaba. Me he quedado pensando y es cierto: cerró el quiosco y es como si bajara el telón del final de una época. Me da miedo imaginar a mi padre sin su periódico extendido sobre la mesa, a veces salpicado de café, buscando el chiste del Carrabouxo, cubriendo los sudokus con arte”.