Regalaban mantas
· ramón palomar
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Ah, el apasionante universo de los regalos, los regalitos, los regalazos y las regalías que erradican siquiera por unos instantes nuestra morigerada existencia. Porque recibir un presente, así sin venir a cuento, alegra. ¿Un regalo, de verdad, para mí? Pues muchas gracias. Destrozas el envoltorio con los nervios de una criatura cuando la noche de los Reyes Magos y luego, en fin, descubres unas prácticas tijeritas para cortarte las uñas. Una porquería de regalo, en efecto, pero no importa, te alegras de todas formas porque alguien ha pensado justo en ti. Antes del gran 'catacroc' del 2008, a los faranduleros de los medios de comunicación, cuando Navidad, desde algunas consellerias nos mandaban algún paquete para felicitarnos en tan señaladas fechas. Las mantas breves y a cuadros de esas que se usan para la siesta causaban furor. Qué manía le tomé a esas como de bandolero de sierra Morena que monta en mulo trabuco en ristre... En cuanto me enchufaban una, la regalaba al primero con el que me cruzaba. Eran, pues, regalos humildes de economía circular porque saltaban, como quien dice, de sofá en sofá. Tras el 'catacroc', se acabaron aquellos regalos menesterosos y casi que mejor, que eran un estorbo, un engorro. Con el apasionante asunto de las joyas zapateriles seguimos sin aclararnos porque el propio Zetapé nada explica. Pero si fueron un regalo, hombre, se acordaría del generoso benefactor. Me acuerdo yo de aquellas mantas y no va a recordar el expresi quien le suministró esa mandanga de puro fulgor... Para desviar la atención del foco principal, nos venden que todos los peces gordos acumularon regalazos de ese fuste. Bueno, puede ser, yo que sé. Pero, de momento, al que le han pillado las piedras preciosas es al referente moral de la izquierda. Así pues, que no nos confundan mediante chapuceras cortinas de humo.