El tulipán de Can Torrent
· julià guillamon
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Salió en el último año en un recodo del camino. Se había producido un deslizamiento de tierra, habían removido el terreno o había quedado un ribazo sin vegetación, vete a saber. Cada vez que veíamos una vertiente deforestada no lo podíamos evitar: plantábamos bellotas y piñones. Pensábamos que, en lugar de plantas oportunistas –zarzas, uvas de América– crecerían unos árboles que, con los años, serían frondosos y que formarían un bosque. Nuestro amigo Joan, que era el propietario del terreno, siempre presumía: “Es uno de los tres robledales de España en los que el propietario tiene el derecho de vender la semilla”. Recogíamos bellotas de roble, furtivamente, y las lanzábamos a un campo abandonado, bajo el Turó de Montfort, para que se extendiera el robledal. Nos las llevábamos en los bolsillos y las plantábamos en el ribazo desforestado. Cuando nacían las primeras plantas, las contábamos y regábamos amorosamente.